Durante siglos, nos han enseñado que la evolución es una línea recta, una especie de carrera hacia un estado más “avanzado” o “eficiente”. Sin embargo, basta con observar un huerto o un bosque para darnos cuenta de que la naturaleza no evoluciona así: su transformación es desordenada, impredecible, llena de contrastes y de funciones que no siempre entendemos. Y aún así, todo tiene sentido.
No deberíamos forzar a la naturaleza a parecerse al ser humano. Tampoco deberíamos forzarnos a evolucionar como máquinas, en línea recta, con metas rígidas y resultados predecibles. La naturaleza evoluciona en caos, y eso no es un error: es parte de su perfección.
En un huerto, por ejemplo, crecen todo tipo de plantas. Algunas dan frutos, otras simplemente están ahí. Algunas protegen el suelo, atraen abejas, dan sombra, abonan o simplemente compiten por los mismos nutrientes. Cada una cumple una función distinta. Algunas vuelven a brotar, otras no. Cada ciclo es único, y eso también es evolución.
Lo que llamamos “maleza” muchas veces es una planta que cumple un rol importante. Para algunas personas es “bueneza” o “buenaza”. En mi huerto, por ejemplo, fue una de esas hierbas la que cuidó el tomate sin que yo tuviera que intervenir. Esa relación espontánea, sin plan, funcionó mejor que cualquier diseño estructurado.
Así también deberían evolucionar los seres humanos: cada quien con su ritmo, con sus formas, con sus tiempos. No todos servimos para lo mismo, ni tenemos que seguir el mismo camino. Cada quien aporta algo diferente, aunque no siempre sea evidente.
La evolución de una persona está conectada con la evolución de las demás. Pero eso no lo podemos controlar. Lo que sí podemos hacer es enfocarnos en lo que sentimos, en lo que sabemos hacer, en lo que podemos mejorar en nosotrxs mismxs. Igual que en la naturaleza, donde cada planta cumple su papel sin necesidad de competir por un ideal único.
Durante mucho tiempo, los seres humanos evolucionamos junto al bosque. Éramos parte del ecosistema, como cualquier otro ser. Luego vino la idea de que debíamos dominar o modelar la naturaleza a nuestra imagen y semejanza. Ahí empezó la desconexión.
La naturaleza no necesita cuadros de Excel ni actas para evolucionar. Y los seres humanos, en el fondo, tampoco. Quizás sea momento de volver a aprender de la vida silvestre: aceptar que el caos no es desorden, sino un orden diferente. Uno más real, más vivo y, sobre todo, más libre.


