Si no sirves, no hay amor.
Si no sirves, no sirves.
Y sin amor, ¿qué nos queda?
Dicen que servir es rebajarse.
Yo creo que servir es elevarse.
Servir es honrar la vida con las manos,
darle forma al amor,
hacerlo verbo.
¿Si yo no sirvo… no sirvo?
Cada vez que sirvo, se me espantan los pensamientos oscuros.
Cada vez que sirvo, se me alinea el alma.
Y si no tengo a quién servir,
me desubico, me apago, me pierdo.
¿Qué otro propósito más humano podría tener?
Cada vez que sirvo, dejo alimento, ejemplo, medicina.
Cada vez que sirvo, mi cuerpo se vuelve herramienta y abrazo.
Cada vez que sirvo, le doy un gesto de cariño al mundo.
Cada vez que sirvo, me siento necesario.
Cada vez que sirvo, evito hacer daño.
Cada vez que sirvo, siembro.
Porque una cosa es servir a alguien,
y otra muy distinta es servir para algo.
Lo primero es acto.
Lo segundo es propósito.
Y entre ambos,
la semilla del amor verdadero.
Gracias, gracias, gracias.


