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No todo en la vida tiene que ser bonito

 

Nos enseñaron a buscar lo bonito.

Lo pulido, lo que se ve bien, lo que no incomoda.

Pero la vida, en su forma más real y fértil, no siempre entra en ese molde.

 

Hay cositas —sí, cositas— que no son lindas ni instagrameables, pero que también merecen estar.

La ropa sucia después de una caminata larga.

Las palabras que duelen pero limpian.

El cansancio en la cara tras una jornada de siembra.

La incomodidad de no saber qué sigue.

La tierra bajo las uñas. El silencio incómodo. La lágrima que nadie ve.

Y sin embargo, en lo que no es bonito, a veces se encuentra lo que permanece.

Eso que no pasa de moda. Que no se borra.

Lo que queda como raíz.

 No todo tiene que gustarnos para ser valioso.

No todo tiene que lucir bien para enseñarnos algo.

A veces lo que más nos transforma es lo que primero queremos evitar:

una conversación incómoda, un error del pasado, una herida abierta.

Ahí también se esconde algo sagrado: la intimidad.

Ese lugar donde las cosas no necesitan explicación ni aplauso.

Donde no hay filtros, pero sí respeto.

Donde caben el perdón, el misterio y la pausa.

La privacidad como territorio fértil, donde uno puede recogerse sin desaparecer, cuidarse sin aislarse.

 

Los seres humanos somos más grandes que nuestros secretos íntimos.

Somos más que nuestros errores, más que los momentos en los que no supimos cómo actuar.

Y si alguien te ha amado desde ese lugar, no deseches su grandeza por no entender su dolor.

No borres su luz solo porque sus sombras se hicieron visibles.

 En un mundo donde todo se muestra, defender lo que no se ve es también un acto de belleza.

Una belleza callada, profunda, que no necesita aprobación.

 

Porque la belleza verdadera no está en lo que brilla, sino en lo que permanece.

Y lo que permanece, casi siempre, tiene raíces en lo imperfecto, en lo invisible, en lo íntimo.

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