
He ido entendiendo, con el paso de los años y de los caminos, que los prejuicios son muros invisibles que cargamos sin darnos cuenta. Muros que, en lugar de protegernos, nos limitan. Muros que, más de una vez, me han quitado la oportunidad de conocer personas increíbles, de acercarme a lugares nuevos, de expandir mi manera de pensar.
Lo curioso es que a veces creemos que los prejuicios solo nos alejan de los demás, pero en realidad también nos encarcelan a nosotros mismos. Cada prejuicio es como una cadena que no me deja evolucionar, que me obliga a repetir los mismos pensamientos de siempre. Y ahí es cuando me pregunto: ¿cuántas oportunidades de crecer he dejado pasar solo por aferrarme a mis ideas preconcebidas?
He visto cómo esto pasa a gran escala. En Colombia cargamos prejuicios sobre regiones enteras. Se habla de Antioquia como si fuera un molde único, como si toda su gente respondiera a un mismo patrón. Pero cuando uno camina por sus pueblos, conversa con su gente, se da cuenta de la inmensa diversidad que existe, de la calidez, de la fuerza creadora. He encontrado personas bondadosas, solidarias, extrovertidas, muy inteligentes y profundamente valiosas. Personas que me han hecho pensar que, si me hubiera dejado llevar por el prejuicio, me habría perdido la oportunidad de conocerlas y de aprender de ellas.
Y no es solo con los lugares. También sucede con las formas de sentir, de pensar, de amar. Qué fácil es creer que nuestra manera es la única válida. Y qué difícil es abrirse a lo distinto. Pero cuando logramos romper ese paradigma, algo se mueve por dentro: la mente se expande, el corazón se ensancha, la evolución personal se acelera. Es como dar un salto hacia adelante sin necesidad de correr.
Una de las maneras más sencillas y bonitas de romper prejuicios la he encontrado viajando. Cada viaje me pone a prueba: aceptar un plato nuevo, una bebida desconocida, un acento diferente, una realidad que contradice mis certezas. Al principio puede dar miedo, incluso rechazo. Pero basta con abrirse un poco para descubrir sabores inesperados, historias profundas, y sobre todo personas que te marcan por su generosidad, su alegría y su capacidad de compartir lo poco o mucho que tienen. Viajar, en ese sentido, es una escuela contra los prejuicios.
A veces me atrevo a pensar que los prejuicios son una especie de enfermedad del alma… una enfermedad que marchita, que amarga, que roba la alegría. He conocido personas tan llenas de prejuicios que parecieran vivir permanentemente a la defensiva, sin espacio para la risa, sin espacio para la ternura. Y me da la impresión de que, sin darse cuenta, se están negando a sí mismas la posibilidad de ser felices.
Yo no me salvo de eso. Tengo mis propios prejuicios, y no es fácil soltarlos. Pero cada vez que logro derribar uno, aunque sea pequeño, siento que algo en mí se aligera. Que el mundo se abre un poco más. Que la vida se vuelve más generosa. Y entonces descubro que el verdadero regalo de romper prejuicios es la libertad. La libertad de mirar al otro sin etiquetas, de acercarme sin miedo, de compartir sin barreras.
En el fondo, he llegado a creer que soltar prejuicios es una de las tareas más urgentes de nuestra época. Porque no se trata solo de aceptar al otro, sino también de reconciliarnos con nosotros mismos. Y en ese proceso, quizás lo que encontramos no es otra cosa que la llave hacia una vida más plena y más feliz.
“Cada prejuicio que derrumbamos es un pedazo de felicidad que recuperamos.”


