
A veces uno necesita salir del ruido para volver a escucharse.
Y hay un lugar, escondido entre las montañas del suroeste antioqueño, que parece hecho justo para eso: para respirar profundo, caminar lento y reconectarse con lo esencial.

A veces uno necesita salir del ruido para volver a escucharse.
Y hay un lugar, escondido entre las montañas del suroeste antioqueño, que parece hecho justo para eso: para respirar profundo, caminar lento y reconectarse con lo esencial.

Texto y vivencia: Betto Gómez
En lo alto de Támesis, donde el verde es más verde y el tiempo parece fluir a otra velocidad, existe un santuario llamado Mundos Paralelos. No es un nombre simbólico: allá arriba, la realidad se desdobla. Hay un mundo sobre la tierra, vivo, mágico, vibrante. Y otro mundo, profundo y silencioso, que se extiende bajo nuestros pies en forma de cavernas, ríos subterráneos y memorias de millones de años.

Vivir en Santa Sofía me permitió, hace años, descubrir la majestuosidad de la Cascada del Hayal en su estado más puro: un sendero apenas marcado, la naturaleza salvaje dominándolo todo, y una experiencia tan auténtica como exigente. Fue una de esas primeras maravillas que me enseñaron a respetar el ritmo de la tierra.
Muy cerca del pintoresco pueblo de Jardín, en Antioquia —a 30 minutos caminando o 10 en tuk‑tuk— se encuentra Creo Ecolodge, enclavado en la vereda La Salada, a 1 800 metros sobre el nivel del mar. El lugar está rodeado de bosque, aves y el suave murmullo de un río cercano. Su arquitectura en madera y diseño artesanal funden confort y sostenibilidad: una mirada local, creativa, que invita a respirar y desacelerar.
En el extremo nororiental de Bogotá, cuando la ciudad apenas despierta, se abre un sendero que conecta a los caminantes con la memoria viva de los Cerros Orientales. El recorrido desde Usaquén es uno de los más recomendados para quienes buscan un contacto directo con la naturaleza, acompañado de un desafío físico de intensidad media-alta.