
En un mundo que corre más rápido que nuestros pensamientos, donde la atención se fragmenta en notificaciones y pantallas, detenerse se ha vuelto un acto de amor. Estar presente —realmente presente— es uno de los regalos más valiosos y menos comunes que podemos ofrecer. No cuesta dinero, pero exige algo mucho más profundo: tiempo, atención y alma.


