
Pocas palabras guardan un significado tan hermoso y humano como compañero. Viene del latín cum panis, que quiere decir literalmente: “con quien compartes el pan.”
Sí, así de simple y así de profundo.
Cuaderno Verde: Donde la Tierra Habla y Nosotros Escribimos 🌿📖
Bienvenidos a Cuaderno Verde, el espacio donde las ideas brotan como semillas y las palabras fluyen como ríos cristalinos. Aquí escribimos de todo un poco, siempre con alma ecológica y un toque de locura creativa.
¿Qué encontrarás en este rincón verde? Desde noticias ecológicas de interés hasta reflexiones psicológicas, saberes ancestrales y hasta mitos y leyendas que parecen sacados de otro mundo (o de uno más conectado con la naturaleza).
También hablamos de turismo ecológico y educativo, porque viajar es vivir, pero si es con conciencia, mucho mejor. Y si te interesa la tecnología, pero sin perder el contacto con la tierra, nuestra sección de Tecnología y Naturaleza es para ti.
Así que si te gusta leer cosas interesantes, aprender algo nuevo o simplemente desconectar del ruido digital por un rato, Cuaderno Verde es tu lugar. 🌱 ¡Pasa, ponte cómodo y deja que la naturaleza te inspire!
¿Te gustaría que más personas conocieran tu emprendimiento, restaurante, hotel, parque, museo, reserva, actividad o empresa? En nuestra sección "Crónicas de un día...", estamos listos para visitarte, vivir la experiencia y contar tu historia. ¡Invítanos y hagamos que más gente descubra lo que ofreces! https://wa.me/573158834059

Pocas palabras guardan un significado tan hermoso y humano como compañero. Viene del latín cum panis, que quiere decir literalmente: “con quien compartes el pan.”
Sí, así de simple y así de profundo.
La fotografía es tan llamativa como alarmante. Un cangrejo rojo americano yace sobre las carreteras de Santa Sofía, Boyacá, confirmando lo que muchos temían: la plaga ha llegado a nuestras tierras altas. Esta especie, nativa del sur de Estados Unidos y considerada una de las 100 más invasoras del mundo, representa una seria amenaza para nuestros ecosistemas acuáticos y la biodiversidad regional.
¿Qué hace este cangrejo en nuestros ríos?
Si no sirves, no hay amor.
Si no sirves, no sirves.
Y sin amor, ¿qué nos queda?
Dicen que servir es rebajarse.
Yo creo que servir es elevarse.
Servir es honrar la vida con las manos,
darle forma al amor,
hacerlo verbo.
Hay lugares que se conocen por sus paisajes, otros por lo que se construye en ellos. Y hay lugares que terminan quedándose en la memoria por algo mucho más sencillo: la manera en que nos reciben.
Casa Namox es uno de esos lugares.
Llegamos hasta este territorio como parte del Peregrinaje Semilla Proyecto Gaia, con la intención de compartir unos días de voluntariado, poner nuestras manos al servicio de un proceso y conocer de cerca a quienes están construyendo su propia manera de habitar este lugar.
También llegamos con algunas herramientas para entregar. Pero pronto entendimos que la verdadera riqueza de la visita no estaba solamente en lo que llevábamos.
Estaba en el encuentro.
La amabilidad como forma de habitar
Hay una palabra que podría resumir buena parte de nuestra experiencia en Casa Namox: amabilidad.
No hablamos únicamente de ser buenos anfitriones, aunque sus anfitriones lo son. Hablamos de una disposición mucho más profunda: esa capacidad de abrir espacio para el otro, de recibirlo sin demasiadas preguntas, de compartir una conversación, un alimento, una tarea o simplemente un momento de silencio.
La amabilidad también puede ser una forma de construir territorio.
Porque un territorio no está hecho únicamente de montañas, árboles, caminos, casas o cultivos. También está hecho de las relaciones que ocurren dentro de él.
Y en Casa Namox esas relaciones se sienten.
Sus anfitriones nos han permitido acercarnos a su cotidianidad y participar de algunas de sus labores. Así, el voluntariado deja de ser simplemente una persona que llega a “ayudar” y se convierte en algo más interesante: un intercambio de capacidades, tiempo, conocimientos y experiencias.
Poner las manos en la obra
Durante nuestra estancia nos sumamos a la construcción del techo de una de sus cabañas.
El trabajo físico tiene una particularidad: rápidamente nos recuerda que las ideas necesitan manos para convertirse en realidad.
Subir materiales, medir, ajustar, sostener, preguntar, equivocarse y volver a intentar. Son acciones sencillas, pero también son una manera de conocer un lugar.
Mientras trabajamos, conversamos.
Y mientras conversamos, conocemos.
Es difícil hablar de un territorio sin hablar de las personas que lo habitan. Sus decisiones, sus búsquedas, sus dificultades y sus sueños también hacen parte del paisaje.
Por eso el voluntariado tiene tanto sentido dentro del Peregrinaje Semilla Proyecto Gaia. No llegamos con la pretensión de tener todas las respuestas ni de enseñar una única manera de hacer las cosas. Llegamos a poner nuestras capacidades a disposición de un proceso y a aprender de él.
Un territorio que enseña
Casa Namox nos recuerda que cada territorio tiene sus propios ritmos.
Hay cosas que necesitan tiempo. Hay proyectos que se construyen poco a poco. Hay aprendizajes que no caben en un taller ni en un manual.
A veces basta con quedarse unos días.
Compartir una jornada de trabajo.
Sentarse a conversar.
Observar cómo alguien resuelve un problema con los recursos que tiene a mano.
Preguntar.
Escuchar.
Y dejarse sorprender.
En ese intercambio aparece una idea que para nosotros resulta fundamental: no existe un territorio vacío de conocimiento.
Cada lugar guarda experiencias, saberes y formas particulares de responder a los desafíos de la vida. El papel de quienes llegamos desde afuera no debería ser reemplazarlos, sino encontrar maneras de potenciarlos cuando nuestra experiencia pueda ser útil.
Una caja de herramientas y algo más
La entrega de herramientas fue una parte importante de nuestra visita.
Son herramientas concretas que esperamos puedan seguir acompañando el trabajo de Casa Namox mucho después de que termine nuestro voluntariado.
Pero una herramienta también puede representar algo más.
Puede decir: confiamos en lo que están haciendo.
Puede decir: aquí hay algo que puede serles útil.
Puede decir: seguimos conectados.
Y quizás esa sea una de las mayores posibilidades de Semilla: que los intercambios no terminen necesariamente cuando termina una visita.
Que una herramienta siga trabajando.
Que un conocimiento siga circulando.
Que una conversación abra una nueva posibilidad.
Que una persona que conocimos en el camino vuelva a aparecer algún día en otro proyecto, en otro territorio o en otra colaboración.
Lo que nos llevamos
Todavía estamos en Casa Namox mientras escribimos estas líneas.
Por eso este no es un texto de despedida.
Es, más bien, una fotografía de un momento del camino.
Estamos aquí, trabajando, compartiendo y aprendiendo.
Y mientras avanzamos en el Peregrinaje Semilla Proyecto Gaia, vamos confirmando algo que ya sospechábamos: que muchas veces cuando creemos que vamos a un lugar para aportar, terminamos descubriendo cuánto tenemos también por recibir.
Casa Namox nos ha recibido con amabilidad.
Nos ha permitido trabajar.
Nos ha abierto las puertas de su territorio.
Y nos ha recordado que construir otras formas de habitar el mundo no siempre comienza con grandes discursos.
A veces comienza con algo mucho más sencillo:
abrir la puerta, compartir la mesa y ponerse a trabajar juntos.

Vivimos una época donde cada emprendimiento, cada proyecto personal, cada viaje o hasta cada comida puede convertirse en contenido. El influencer ya no es un personaje lejano con miles de seguidores; hoy cualquiera con un celular y una idea puede ocupar ese lugar. Pero esa democratización también tiene un costo: la saturación. Cuando todos buscan ser vistos, escuchados y compartidos, el ruido termina por opacar la esencia.
El espejismo digital

Vamos Pal Campo: el llamado de los Pachamellos a regresar a la Tierra
A veces el ruido de la ciudad se vuelve un zumbido en el alma. Uno que no deja dormir tranquilo. Uno que dice, desde muy adentro: “aquí no es”. Así les pasó a Santiago y Gustavo Sierra Fino, mellizos nacidos en Bogotá, que un día escucharon ese zumbido, lo tomaron en serio y decidieron hacer algo al respecto. Hoy, todos los conocen como los Pachamellos, sembradores de una vida distinta, constructores de sueños con sus propias manos y fundadores del movimiento Vamos Pal Campo.
Villa de Leyva, con su aire mágico y su historia vibrante, se ha convertido en un espacio para el encuentro de tradiciones, creatividad y sostenibilidad gracias a la Bioferia, un colectivo que, durante más de tres años, ha tejido lazos entre productores locales, artesanos, artistas y educadores.
Este evento, que hoy se lleva a cabo en la histórica Casa Museo Antonio Nariño, es mucho más que una feria. Es una invitación abierta para que locales y turistas celebren el talento y la riqueza de nuestra comunidad mientras se promueve un modelo de vida más sostenible y consciente. El nombre “bio” no es casualidad; refleja el compromiso de los participantes con el bienestar del territorio y sus habitantes, haciendo de cada jornada un acto de solidaridad y amor por la región.

En un mundo que corre más rápido que nuestros pensamientos, donde la atención se fragmenta en notificaciones y pantallas, detenerse se ha vuelto un acto de amor. Estar presente —realmente presente— es uno de los regalos más valiosos y menos comunes que podemos ofrecer. No cuesta dinero, pero exige algo mucho más profundo: tiempo, atención y alma.

Texto y vivencia: Betto Gómez
En lo alto de Támesis, donde el verde es más verde y el tiempo parece fluir a otra velocidad, existe un santuario llamado Mundos Paralelos. No es un nombre simbólico: allá arriba, la realidad se desdobla. Hay un mundo sobre la tierra, vivo, mágico, vibrante. Y otro mundo, profundo y silencioso, que se extiende bajo nuestros pies en forma de cavernas, ríos subterráneos y memorias de millones de años.

Vivir en Santa Sofía me permitió, hace años, descubrir la majestuosidad de la Cascada del Hayal en su estado más puro: un sendero apenas marcado, la naturaleza salvaje dominándolo todo, y una experiencia tan auténtica como exigente. Fue una de esas primeras maravillas que me enseñaron a respetar el ritmo de la tierra.